El fascismo es un movimiento político
y social de carácter totalitario y nacionalista fundado en Italia por Benito
Mussolini después de la Primera Guerra Mundial. De naturaleza violenta y
políticamente ubicado en la derecha. El origen de esta norma se debió a la
crisis social y económica de la posguerra, y a los resentimientos nacionales.
El fascismo, en general, e
históricamente, es sinónimo de barbarie. Sin embargo, actualmente, no es el
fascismo histórico el que acecha.
En el fascismo, las personas se
subordinaban al estado. Un estado que se fundamenta en la fuerza, el liderazgo
y la jerarquía, ejerciendo un absoluto control de la sociedad, cualquier
desobediencia de dicha sociedad se debe solucionar por la violencia.
El espíritu militar impregnó
completamente la sociedad, por lo cual, el papel de la mujer quedó relegado al
rol tradicional de madre y esposa.
Nuestra barbarie actual se diferencia
de la histórica en que su doctrina es silenciosa, abrumadora: queremos
esto y aquello, y lo queremos “ya”, es el “fascismo de la posesión inmediata”,
cuya figura favorita es “el adolescente”, para el cual, sólo vale la posesión
inmediata, de lo contrario, se suma en un estado de sopor o de abulia.
Para conseguir este modelo, el capitalismo asume y
promueve esta idea, con su continua exaltación de la codicia, a través de un
medio tan poderoso como es la publicidad,
creando una economía de la posesión inmediata: compra, posee... todo rápido,
muy rápido, para conseguir la felicidad. La felicidad es la propiedad.
Para el adolescente se han inventado
grandes categorías: la marcha, la diversión, el espectáculo, si todo esto se
detiene, aparece la apatía.
¿Es posible que haya entre nosotros
un fascismo nuevo?, ¿qué hemos hecho
mal, desde nuestra tolerancia y nuestra corrección?.
¿Ha faltado autoridad? La barbarie se
ha instalado en nuestras calles y en sus noches, las ciudades se defienden
contra el incivismo, el acoso escolar, etc.
Hace tiempo que el desinterés por la
educación, la cultura, aberrantes planes educativos que desprecian las materias
de humanidades y artes, y potencian las económicas, la exaltación de la riqueza
rápida, nos han llevado hasta aquí.
Por otra parte, nos hemos olvidado de
que en las escuelas aprendemos contenidos, pero donde comienza la verdadera
educación es en el hogar. La importancia de educar en libertad, pero con
responsabilidad, valorando el esfuerzo e inculcando que los sueños y los deseos
se consiguen con tiempo y dedicación.
La importancia de la educación en
valores éticos, tales como la tolerancia, el respeto a la diversidad, la
solidaridad frente a la competitividad, el sentido crítico, y sobre todo, que
la felicidad no es sinónimo de “tener”, sino de “ser”. De esta manera,
probablemente conseguiremos un mundo mejor para todos.
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